Fin de año

Me había acostumbrado a hacer el recuento de mis años calendario como ejercicio para cerrarlos recordando esos detalles que hicieron que valiera la pena, las personas y los momentos que me robaron sonrisas. Hace días pensaba iniciar el de este año aunque las palabras no salieran y, como no lo lograba, lo dilaté tanto como pude para ver si al final simplemente no lo hacía. Pero heme acá, intentando estrujar mi mente para que salgan todas las cosas buenas y bonitas del año y sin embargo, solo tengo una imagen en mi cabeza haciéndome falta desde hace algunos meses.

Este año fue bueno, no lo niego, tuvo altibajos como todos y me dejó muchas lecciones aprendidas, otras, como siempre, aún pendientes por aprender.

Me di cuenta que estoy apendiendo a pasos de tortuga a hablar, y es que, aunque lleve años haciéndolo, nunca me había atrevido a hacerlo desde el corazón. A reconocerme sola y a saber que no todo lo puedo en ese estado, a pedir ayuda y recibirla. A vencer miedos y a dejarme encaminar por donde la vida hace rato me atercaba que debía ir y yo no quería.

Este año, aún no logro descifrar si pasó rápido o despacio, porque todo lo vivido lo siento extrañamente lejano. Así que, no voy a darle más vueltas, ya la lista de propósitos está hecha y las maletas para los próximos días casi lista. A lo mejor solo estoy pasmada con todo lo que ha pasado en mi vida tan de repente y sin embargo, no puedo quedarme sin agradecer, hoy más que nunca, a cada persona que hizo parte de mi 2018, un año en que mucha ayuda he necesitado y un año en que mucha ayuda y calorcito en el corazón he recibido.

A lo mejor más tarde me permita una copa de vino confiando en que no me va a hacer daño, y a lo mejor mañana respiro más confianza y más tranquilidad que ahora para volver a vivir. Por ahora, me desconecto del mundo y me encierro en esa burbuja en la que los recuerdos no duelen y el mundo es un mundo feliz.

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Cumpleaños

Estoy esperando a que el reloj marque el cambio de día con ansiedad, miedo, algo de emoción y también de vacío. Esta vez no tendré madre para celebrar mi cumpleaños, y lo más parecido a una familia serán quizas un par de personas a quien parezco importarles, pero después de los hechos recientes en mi vida, ya no sé. He pensado todo el día en el cuento aquel de la renovación celular y solo se me cruza por la cabeza la idea de que ya no queda nada de lo que fue parido hace años, nada de lo que fue besado, golpeado, gritado, o acariciado por primera vez. Ya no queda nada de quien dio el primer paso y pronunció la primer palabra, de la que leyó el primer libro o de la que sintió el primer vacío en el estómago que después reconocería como atracción hacia alguien. Ahora solo quedan algunos retazos de mis versiones más diferentes entre ellas pero más parecidas a la de ahora. Quedan retazos que han amado con las tripas hasta el cansancio, que han escapado, que han tenido el coraje de enfrentar la libertad, retazos que han pintado y sentido el alma salirse por las manos al tomar un pincel, retazos que extrañan pero también aceptan todo tal y como está.

Sigo siendo ese ser que se mata la cabeza de más cuando el miedo aparece, ese que pone freno a toda máquina cuando siente que pierde el control de lo que siente, ese que poco puede expresarse y que se muere por abrazos que nunca se atreve a pedir, ese ser que se emociona con detalles insignificantes, que sonrie demasiado cuando el corazón está contento y que llora aún más cuando duele, ese ser inquieto e impaciente que va por la vida estrellándose contra todo, tomando impulso para cada carrera aún cuando no conozca el camino, ese ser que se sacude y empieza cada tanto, que se arma cuando así lo necesita para enfrentar a la vida. Sigo siendo yo, con nuevas células, pero con la experiencia de los años impregnada en lo que siento. Sigo siendo yo queriendo arriesgar todo por vivir bonito.

Ya no hay riesgo de pertenecer al famoso club, más que por la edad, porque aún no hago nada que trascienda. Así que, ni modo, será seguir intentando aprender a andar el camino. Mientras tanto, lleno una copa de vino para brindar anticipadamente con la persona de sonrisa mágica por este nuevo comenzar sin ella presente. Y por todas las demás que aún están. Por muchas sonrisas y por la renovación celular. ¡Salud!

A tí

Vuelvo, con el estómago revuelto de huir a la realidad, con la agenda llenísima para evitar el ocio, con ganas de nada porque mi cuerpo ya no responde, vuelvo. Con los párpados pesados de voltear en la cama cuando debía estar durmiendo pero todas las culpas e ideas absurdas sobre cosas que no sé se paseaban por mi cabeza.

Ya lloré con un extraño que me abrazó y fue soporte y abracé al que creí amigo pero siempre fue una máscara que ahora no quiero ver. Ya extrañé a ese ser mágico que se fue sin una última charla para pedirle consejo y escapé del cariño de los que parecen de verdad quererlo brindar. Ya fingí estar bien para que nada me turbara y me derrumbé cuando todo el peso me pudo intentando organizar mis palabras y recogiendo mis fuerzas. Aprendo y desprendo tan seguido que al final parezco no cambiar, no inmutarme, al final, después del llanto, de la risa, la soledad y la compañía, de ellos y de mí, al final siempre vuelvo.

Mi serendipia favorita

Definitivamente solo sé escribir con el alma rota. Cuándo un agujero en el pecho incomoda tanto que toca distraerlo, o intentar llenarlo. Solo sé escribir cuando las lágrimas no son suficientes y la cabeza se me llena de recuerdos. Cuando siento que me tragué mil veces un “te quiero” más que merecido, más abrazos de los que vivimos, más besos en la frente que solo los últimos y hoy, hoy solo me recrimino no haberte apretado más fuerte cuando pude, no haber tenido más energía para poder llevar mi ritmo y el tuyo en simultáneo, no haber atendido el último llamado cuando estuviste cerca. Sin embargo, sobra decir que ese pedazo loco de mi corazón que brinca lleno de energía, el que hace pilatunas, se divierte y se muestra tierno, ese, aún está donde estés porque te lo ganaste con creces. Definitivamente, los sentimientos de gratitud y cariño nunca son suficientes para seres mágicos como tú y no me van a alcanzar nunca las letras para decirte gracias, mil veces gracias así como tampoco van a ser suficientes las maneras de intentar mantenerte fresquita siempre en mi memoria. Aún hay mucho que contarte, no dejes de leerme, mi serendipia favorita.

Vicio

Dejé de escribir hace tiempo sin alguna razón particular más allá del dolor propio que las letras cargan, o bueno, lo intenté, pero tal parce que como el cigarrillo, este es otro vicio que nunca se abandona. Es más bien un vicio del que solo se descansa.

Dejé de escribir porque quizás no han vuelto a haber historias que quiera narrar, o porque me he hecho consciente de lo que duele releer algunas después de un tiempo. En fin, creo que esto de escribir solo ocurre cuando hay sentimientos rebosando el alma o revolviendo el estómago, hoy es éste último caso el que aplica.

Intentaba dormir, pensando en madrugar mañana, con los pies helados, extrañando no sé qué, o a quién, para evitar el vacío que siento al otro lado de mi cama, en mi estómago y en mi vida.

Por unos segundos me dediqué a respirar profundo buscando aquietar mi distraida mente y sin darme cuenta, ésta me fue ganando. De pronto, estaba hablando al universo, o lo que sea que mueva todas esas energías que nos forman, pidiendo la claridad que me hace falta para poder tomar decisiones correctas en mi vida, buscando que lleve a quienes corresponda los mensajes que mil veces he lanzado al viento, rogando que acorte algunas esperas. Y también así, de pronto, he sentido que el corazón se me ha empezado a inflar de sentimientos, los recuerdos me han cargado con fotografías ya lejanas y por mis ojos han escapado un par de lágrimas a la vez que mi boca soltaba en voz alta un nombre.

Me di cuenta que sigo extrañando cosas, momentos y personas. Cada vez con menos dolor, con más gratitud y tranquilidad. Sin embargo, a medida que voy haciendo más recuerdos en mi vida, siento que el vacío crece y entonces, vuelvo a escribir, porque no encuentro otro modo de distraerme de los pies helados, de “mi gusto por complicarme” como me han dicho hace un rato, de mis vueltas eternas a asuntos inconclusos, de mis ganas de vivir de verdad o dejar de hacerlo de una buena vez, de mis miedos y mis recuerdos. Escribo, escribo porque no encuentro otra forma a la mano para escapar de mí.

Por la risa

Fue vernos con los ojos chinos se risa que movió en mí miles de imágenes de esas; de personas que he querido muchísimo riendo hasta el dolor de panza, hasta las lágrimas, hasta el instante de silencio posterior que se hace necesario para volver a la realidad, para recuperar el aire. Si usted, acompañante de vida, en algún momento ha reído hasta el dolor conmigo, o ha reído huyendo del dolor conmigo, hoy brindo por usted, por la sensación en los ojos después de ello, por el aire retenido y por la risa. 

Una vez más

De pronto siento que este año no ha pasado, me veo, sin estarlo, sentada en el suelo de la casa materna, donde nos reunimos hace un año a plantearnos lo que queríamos lograr este año. Comentarios, sueños locos y un tanto absurdos, risas, promesas zafadas, metas que parecían gigantes… La última vez que estuve en casa, de pronto miramos ese espacio donde colgaban todos nuestros deseos, y aunque faltaban casi dos meses para terminar el 2017 dejábamos caer la frase “este fue un muy buen año” con un deje de satisfacción en el aire.

Y sí, este año le cumplí al Dalái Lama -y sobretodo a mi- yendo, no solo a uno, sino a varios sitios donde nunca había estado antes; lugares, momentos y personas que dejaron en mí algún tipo de huella, las bonitas de siempre, las que fueron más fuertes, las inverosímiles, las que quiero olvidar. Sin más, como todos los años, aquí mi resumen de agradecimientos a cada uno de los que pasó por algún lado de estos 365 días haciendo lo suyo:

Enero: el mes divertido y con mucha energía del año; se nos iba yendo corto para las amistades que se empezaban a forjar. Algunas fuertes, tan fuertes que lograron verme reír, bailar, enojarme, bromear y hasta llorar, y cuando esto último ocurrió, fueron compañía, aliento, palabras, cervezas y cafés. Al responsable de esto, gracias, por aquellas tardes de domingo en “el bar de Lenny Kravitz”, donde inició el photoboom que ahora nos caracteriza en la calle y nos roba carcajadas. Por cierto, ¿no fue allí donde te leí mis propósitos no propósitos para este año?

Febrero: Primera prueba del año, la quietud; una renuncia temporal a todo que empezaba a apasionarme fue la excusa perfecta para aprovechar, ir a casa y empezar el año de los reencuentros. Le sumamos fotos a las reuniones de “vamos por un helado” que nunca terminan en ir por helado y empezábamos a fortalecer mucho una amistad de más de 10 años -dejémoslo ahí- , que había estado un poco relegada en el tiempo. Qué gusto ver cómo hemos crecido las dos, qué gusto haber compartido y contado con vos nuevamente, qué gusto re-descubrirnos.

Marzo: El mes de absolutamente todas las pasiones. Terminé el que hoy es mi cuadro favorito, en el que siento que dejé mucho de mí y con el que logré sentir ese escozor en el borde de los ojos que indica que las emociones quieren desbordarse en forma de lágrimas. Volví a ir a teatro sola, sentí el corazón quererse salir en ballet, en el concierto de uno de mis amores platónicos y empecé a perder el miedo a muchas cosas, aunque después algunas de estas me hicieran daño.

Abril: Me volví a enamorar… o bueno, me di cuenta que nunca dejé de estarlo y me dí la oportunidad de vivirlo. Volví a escribir, volví a vivir la vida a mil… la caída venía en camino y sin embargo, sentía que muchos se iban acomodando para ser el colchón que amortiguaría el golpe. A todos los que se quedaron, gracias por haber estado pendientes.

Mayo: ¿Ma, ya tenés lista la maleta? De los mejores viajes de mi vida al lado de la mujer que me enseñó a ser y le tocó aguantar lo que soy. Me descubrí fuerte, osada y responsable al lado de ella. La descubrí alegre, cómplice y valiente al lado mío.

Junio: Cuando el mundo empieza a desmoronarse y podés decir que tenés al menos alguien a quien seguir llamando amigo en ese momento, tenés esperanza de volver a salir a flote. Este mes más que nunca ¡Gracias por la compañía y por esa caminata, –eterna para vos, suficiente para mí– después del café para apaciguar mi mente!

Julio: Quedó grabada en mí la nota mental: “nada como un par de días de playa y amanecer frente al mar para poder aclarar las ideas y reiniciar cuando hace falta”. También recordé como calienta el alma hablar de nuevo con esos que han sido consejeros en cada crisis desde hace años y comer helado y amenazar con salir a correr por los viejos tiempos. A ellos, a los que siento que me quieren y quiero genuinamente y habitan esa tierra que hierve y tiene un pedazo de mi corazón, ¡gracias! Por otro lado, volviendo a la eterna primavera ¿por qué fue que decidí volver a estudiar? solo vamos a decir que ha sido divertido.

Agosto: Nunca deja de sorprenderme este mes porque, cuando más sola he esperado estar, aparecen tantas personas, cosas y situaciones diferentes tan bonitas, que son esas que empujan a seguir queriendo pedirle más a la vida y a disfrutar sin límites. Este mes siempre siento que me quedo corta para agradecerle a todos y también este mes me dijeron una de las mejores cosas en la vida, bueno, dos: la primera; “usted se merece todas las cosas bonitas de la vida”, la segunda; “tienes carita triste, ¿quieres una cerveza?”. Los dos mensajes venían de la misma persona, los dos mensajes eran necesarios para sonreír esos días en que todo estaba perdiendo sentido.

Septiembre: ¡El mes del segundo hogar! a todos los que hicieron parte de eso, muchas gracias por la diversión, compañía, golosinas, cervezas, risas y demás. Gracias por ser familia y por hacer bonito mi mundo.

Octubre: Un ligero escape de la rutina para encontrarme conmigo misma, aunque no terminó de la mejor forma, fue el impulso para volver a la rutina y a la vida real. Pese a todo, gracias por acompañarme, y no solo en ese viaje, también en otras situaciones a lo largo del año. Gracias por la fuerza cuando el cuerpo y el corazón se negaban a seguir y se hundían en la soledad y el desespero.

Noviembre: Ya empezaba desde entonces a cerrar el año  y muchas cosas salían mejor de lo esperado robándome más sonrisas de las planeadas, todo empezaba a reconstruirse de la nada. Fue en esa visita a casa cuando registré en mi memoria, y la del celular, otra de esas tardes que quiero llevarme en el corazón por siempre, con todas sus imperfecciones, con todo el cansancio que después dejaría. Fue en esa visita a casa cuando mirábamos es espacio para decirnos “este ha sido un buen año”

Diciembre: Diciembre, desconcertante e hiriente, solitario y ruidoso. Dijeron por ahí que “el destino supo hacer con los amigos lo que la vida no supo hacer con la familia” y sí, afortunadamente, para soportar el tedio de este oscuro vivir, para no escuchar a la vecina recibir la “feliz navidad” mientras comía helado viendo películas en la cama, como lo había vuelto costumbre. El diciembre más largo de la historia visto en retrospectiva y sin embargo, se superó. Por la comida, las luces, los abrazos, los besos, las mascotas prestadas a ratos, por los planes armados de la nada que no salían del todo bien y los que sí salian bien, por el rock y la cerveza para sobrellevar el asunto ¡gracias!

En fin, contado en meses, días, horas, minutos, canciones, cervezas, cafés, comidas, palabras, personas, lugares, momentos… cómo sea, o como haya sido, no quiero más que cerrar este año con las gracias de siempre y con esto que sonaba mientras escribía, dibujándome rostros en cada párrafo y alargando la cosa:

Una vez más, feliz año… Y a ver hasta donde aguantamos.